
No caben dudas de que, a pesar de contar con apenas un siglo de existencia, el Texas Hold’em es la modalidad más popularizada de jugar al póker en la actualidad, tanto en torneos como en mesas de dinero, online y en casinos.
Como resultado de esta polarización, la gran mayoría de jugadores nóveles aprenden a jugar póker según sus reglas y criterios. Muchos de estos “novatos” comienzan luego a experimentar con otras modalidades, eligiendo quizás por la similitud que los emparenta la variante Omaha, pero sin interiorizarse debidamente en su reglamentación; y pagando las consecuencias.
Es sabido que las cartas que cada jugador recibe tapadas son cuatro, y en algunos casos también están al tanto de que sólo dos de las cartas recibidas de ese modo pueden ser utilizadas en el armado del juego.
Pero suele pasar que, siguiendo el criterio del Hold’em creen que de las tapadas a intervenir se puede optar una y hasta ninguna; grave error. La cantidad de cartas tapadas a utilizar es invariablemente de dos, ni más ni menos.
No está permitido como en el Hold’em tomar el juego formado por las cartas comunitarias exclusivamente, por lo que, si en el paño se forma una escalera, para que usted considere el juego como propio deberá reemplazar con dos de sus cartas tapadas el mismo número de comunitarias (igualmente para cualquier otro tipo de jugada, claro está; sólo hago referencia a esta por ser la que genera mayor confusión).
En esta diferencia es que radica la dificultad y la belleza de jugar Omaha.

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