
Considerando cómo se organizan los turnos de juego, hay dos alternativas posibles. Por ejemplo, en el póker cerrado, en la primera ronda de apuestas, al primero que se interroga es a la mano. A partir de allí, el último jugador en apostar se hace mano; luego del cambio de cartas será esta vez el apostador quien tenga que responder primero. En todos los juegos que se organicen de este modo, la desventaja de la mano queda limitada a esta primera vuelta. Todas las variantes abiertas —además del cerrado— en los juegos de entre casa siguen este principio.
En el hold‘em, en cambio, los jugadores actúan siempre en el mismo exacto orden, a excepción de los ciegos en la primera ronda de apuestas, que actúan últimos. Sin importar el tenor y número de involucrados, cada vez que se inaugure una nueva ronda, el orden permanecerá inalterable.
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